Existe mucha
confusión en cuanto a la forma de calificar la eutanasia actualmente. En un principio, se la califica de directa o
indirecta en cuanto existe o no la intención de provocar primariamente la
muerte en las acciones que se realizan sobre el enfermo terminal. Su
equivalente sería eutanasia activa y eutanasia pasiva, respectivamente. También
se utilizan, en forma casi sinónima, las calificaciones de positiva y negativa
respectivamente.
Eutanasia
directa: Adelantar la hora de la
muerte en caso de una enfermedad incurable, esta a su vez posee 2 formas:
Activa: Consiste en provocar una muerte indolora a
petición del afectado cuando se es víctima de enfermedades incurables muy
penosas o progresivas y gravemente invalidantes; el caso más frecuentemente
mostrado es el cáncer. Se recurre, como se comprende, a substancias especiales
mortíferas o a sobredosis de morfina.
Pasiva: Se deja de tratar una complicación, por ejemplo
una bronconeumonía, o de alimentar por vía parenteral u otra al enfermo, con lo
cual se precipita el término de la vida; es una muerte por omisión. De acuerdo
con Pérez Varela “la eutanasia pasiva puede revestir dos formas: la abstención
terapéutica y la suspensión terapéutica. En el primer caso no se inicia el
tratamiento y en el segundo se suspende el ya iniciado ya que se considera que
más que prolongar el vivir, prolonga el morir” Debe resaltarse que en este tipo
de eutanasia no se abandona en ningún momento al enfermo.
Eutanasia
indirecta : Consiste en efectuar
procedimientos terapéuticos que tienen como efecto secundario la muerte, por
ejemplo la sobredosis de analgésicos, como es el caso de la morfina para calmar
los dolores, cuyo efecto agregado, como se sabe, es la disminución de la
conciencia y casi siempre una abreviación de la vida. Aquí la intención, sin
duda, no es acortar la vida sino aliviar el sufrimiento, y lo otro es una
consecuencia no deseada.
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